DÍA 3: Un Rey eterno que entró por la puerta más baja.
Lectura
Antiguo Testamento: Isaías 9:6–7
Se anuncia el nacimiento del Hijo que será “Dios poderoso, Padre eterno, Príncipe de paz”, cuyo reino no tendrá fin.
Nuevo Testamento: 1 Timoteo 1:17
Pablo estalla en adoración: al Rey eterno, inmortal, invisible y único Dios, honor y gloria por los siglos. El contexto: acaba de recordar que ese Rey entró al mundo para salvarlo.
Versículo Clave
¡Que todo el honor y toda la gloria sean para Dios por siempre y para siempre! Él es el Rey eterno, el invisible que nunca muere; solamente él es Dios. Amén.
1 Timoteo 1:17
Reflexiona
El primer adviento es un contraste brutal: el Rey eterno llega como bebé frágil; el invisible se deja ver en un cuerpo humano; el Santo entra a un mundo roto. Lo hace con un objetivo: no venir a ser servido, sino a servir y dar Su vida en rescate por muchos. Cuando Pablo recuerda esto, no se queda en la teoría; termina adorando. El corazón que entiende la encarnación no se queda frío ni neutral.
En lo práctico, esta verdad te confronta con tus propias coronas: ¿a qué reinos pequeños les dedico más honor y gloria que al Rey eterno? ¿A mi agenda, mi imagen, mis proyectos, mi comodidad? Dejar que Jesús reine significa reorganizar la vida: decisiones, prioridades, tiempo, dinero, conversaciones. Navidad no es solo “qué bonito lo que Dios hizo”, sino “qué lugar tiene ese Rey hoy en lo que hago y decido”.
Preguntas de reflexión
-¿Qué “reinos” pequeños están compitiendo con el reinado de Jesús en mi vida diaria?
-¿En qué decisiones concretas necesito honrar a Jesús como Rey y no solo como invitado?
-¿Cómo podría expresar adoración práctica (no solo palabras) esta semana al único Dios, eterno y Señor de todo?
Oración
Rey eterno, gracias por bajar tan hondo para rescatarme. Toma el trono de mi vida: mis decisiones, mis afectos, mis planes. Que todo en mí te dé honor y gloria. Amén.